Formar para colaborar no es un detalle curricular. Es una manera concreta de contribuir a la calidad de los proyectos que luego recibe la sociedad.
En construcción, muchos de los problemas que deterioran un proyecto no nacen en la obra. Aparecen antes, cuando los equipos no logran entenderse, cuando la información circula de manera fragmentada y cuando cada disciplina avanza como si trabajara sola. Allí comienzan buena parte de los sobrecostos, los retrasos, las incompatibilidades y las decisiones deficientes que después terminan afectando la calidad del resultado. Por eso, la colaboración no debiera seguir tratándose como una habilidad secundaria dentro de la formación profesional.
Durante años, la enseñanza de la ingeniería y de la construcción ha privilegiado el dominio técnico individual. Ese énfasis explica una parte importante de la solidez disciplinar con que egresan muchos profesionales. El problema aparece cuando ese aprendizaje se vuelve insuficiente frente a proyectos cada vez más complejos, donde decidir bien exige coordinar información, dialogar con otras especialidades, anticipar conflictos y sostener criterios compartidos. Hoy, trabajar bien con otros no constituye una destreza complementaria. Constituye una condición básica para responder con rigor a las exigencias reales del sector.
Por eso resulta tan importante preguntarse qué papel cumplen las metodologías de trabajo colaborativo en la formación universitaria, la colaboración merece ser discutida con mucha más seriedad dentro de la formación universitaria. No como una habilidad blanda, no como un complemento deseable, y menos aún como una consigna pedagógica. En construcción, colaborar es una capacidad técnica. Supone comprender el proyecto como un sistema, reconocer que ninguna decisión importante ocurre en aislamiento y asumir que la calidad final depende, en parte importante, de cómo se conectan las distintas miradas que intervienen en su desarrollo.
Lo interesante aquí no radica únicamente en reconocer que una herramienta digital puede aportar ventajas. Más bien, conviene observar con atención lo que esta evidencia sugiere sobre la formación profesional que hoy demanda el sector. Cuando los estudiantes perciben que BIM les ayuda a coordinar tareas, compartir información, deliberar con otros y construir decisiones colectivas con mayor claridad, la discusión deja de centrarse solo en el uso de una plataforma. Pasa a abrir una reflexión más amplia sobre nuevas formas de aprender a ejercer la profesión.
Conviene detenerse en ese punto. En construcción, colaborar no equivale a trabajar en un ambiente cordial. Colaborar significa comprender cómo una decisión tomada en una disciplina altera el trabajo de otra, reconocer a tiempo una interferencia que puede transformarse en un problema mayor y sostener conversaciones técnicas que permitan resolver tensiones sin perder coherencia de proyecto. Se trata de una capacidad profundamente práctica, pero también intelectual. Exige criterio, escucha, articulación y responsabilidad frente a decisiones que rara vez afectan a un solo actor.
Por esa razón, formar para colaborar implica mucho más que introducir nuevas dinámicas de aula. Implica revisar con seriedad el modo en que las universidades entienden la preparación de sus estudiantes. Una formación centrada exclusivamente en desempeños individuales puede resultar cómoda de administrar, pero deja vacíos importantes cuando el ejercicio profesional demanda articulación interdisciplinaria, trazabilidad de la información y capacidad de decisión compartida. En cambio, una formación que incorpora metodologías como BIM dentro de experiencias integradoras abre la posibilidad de ejercitar formas de trabajo más cercanas a la complejidad real de los proyectos.
No se trata de idealizar la tecnología. El aporte de BIM en este campo no radica en una supuesta capacidad automática para resolver los problemas de la educación o de la industria. Su mayor valor aparece cuando permite estructurar experiencias formativas donde los estudiantes deben coordinarse, negociar, contrastar criterios y comprender el proyecto como un sistema interdependiente. Allí la herramienta deja de ser el centro de la discusión. Pasa a ser un medio para fortalecer capacidades que el sector necesita con urgencia.
A mi juicio, esta discusión tiene un alcance que sobrepasa con claridad el espacio universitario. Un profesional que aprende a trabajar de forma articulada, que sabe compartir información de manera ordenada y que comprende el impacto cruzado de las decisiones técnicas está mejor preparado para intervenir en proyectos donde los errores de coordinación suelen traducirse en pérdidas económicas, conflictos entre actores y soluciones de menor calidad. La colaboración, bien entendida, tiene efectos concretos sobre el desempeño futuro de la construcción. Por eso su fortalecimiento durante la formación inicial constituye también una contribución al interés público.
Aquí las universidades tienen una responsabilidad que no conviene reducir a la actualización de software o de contenidos. La pregunta importante no es qué herramienta incorporar para parecer contemporáneos. La pregunta importante es qué tipo de profesionales estamos formando y qué capacidades necesitarán para enfrentar proyectos cada vez más exigentes, más coordinados y más expuestos a demandas de eficiencia, sostenibilidad y trazabilidad. En esa respuesta, la colaboración ocupa un lugar decisivo.
Esta discusión conversa además con la línea de investigación impulsada por el Proyecto DI Iniciación PUCV 2025. Aunque el proyecto se concentra en la adopción de BIM en la formación de diseñadores de proyectos viales y en las percepciones de distintos actores sobre sus beneficios, barreras y limitaciones, el análisis del desarrollo de competencias colaborativas amplía esa conversación hacia una dimensión formativa de gran valor. Permite reconocer que la incorporación de metodologías digitales también puede influir en la forma en que los futuros profesionales aprenden a coordinarse, liderar y decidir en entornos complejos.
Allí se encuentra un aporte que la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso puede ofrecer a la sociedad desde su investigación. Estudiar con rigor cómo se fortalecen estas capacidades durante la formación en construcción no responde únicamente a una inquietud académica. Permite producir evidencia útil para mejorar procesos educativos que más adelante repercutirán en la práctica profesional, en la articulación entre disciplinas y en la calidad de los proyectos que llegan a materializarse. Ese vínculo entre investigación, formación y aporte público merece ser puesto en el centro de la discusión.
La construcción de mejores proyectos comienza mucho antes de la obra. Comienza en la formación de quienes deberán sostener conversaciones técnicas difíciles, ordenar información dispersa, compatibilizar intereses diversos y tomar decisiones en escenarios de alta interdependencia. Enseñar a colaborar con método, exigencia y visión interdisciplinaria representa, en ese sentido, una manera seria de contribuir al futuro del sector y al bienestar colectivo.
