La transformación digital de la infraestructura vial también se construye en las aulas, en la formación de profesionales capaces de coordinar, decidir y proyectar con una mirada más integrada.

Cuando se habla de infraestructura vial, suele pensarse en kilómetros construidos, tiempos de viaje, costos de obra o estándares técnicos. Esa mirada, siendo necesaria, resulta incompleta. Una carretera, una intersección o una vía urbana no son únicamente soluciones de ingeniería. Son decisiones que reorganizan la movilidad cotidiana, condicionan la seguridad de las personas, alteran dinámicas económicas y terminan definiendo, de manera silenciosa pero persistente, la calidad de vida de los territorios. Por eso, discutir cómo se forman quienes diseñarán esa infraestructura no es un asunto interno de las escuelas de ingeniería. Es una cuestión de interés público. Durante años, buena parte del debate sobre innovación en construcción ha estado dominado por una lógica instrumental. Se enumeran programas, plataformas y capacidades de modelación como si la transformación del sector dependiera, casi exclusivamente, de incorporar nuevas herramientas digitales. Sin embargo, la experiencia muestra que la brecha principal no se explica solo por la disponibilidad de software. El punto más delicado sigue estando en la formación de los futuros profesionales, en la manera en que aprenden a coordinar información, anticipar conflictos, evaluar escenarios y tomar decisiones en contextos complejos.


Ese es precisamente el núcleo del proyecto de investigación que desarrollo en la Escuela de Ingeniería Civil de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, en el marco del proyecto DI Iniciación PUCV 2025. La pregunta que guía este trabajo no se limita a establecer si los modelos digitales BIM son útiles en la formación de diseñadores de proyectos viales. La discusión de fondo es más exigente: qué beneficios generan, qué barreras persisten, qué limitaciones institucionales los restringen y qué condiciones deben modificarse para que su incorporación tenga efectos reales en la formación profesional.


La investigación confirma algo que debiera interesar tanto a universidades como a organismos públicos y al sector productivo. Los estudiantes reconocen que BIM aporta valor en dimensiones que inciden directamente en la calidad del diseño y en la futura gestión de los proyectos. Entre los beneficios más relevantes aparecen una mejor visualización y comprensión de proyectos lineales, un refinamiento del proceso de planificación y diseño, una gestión más eficiente de recursos y una mejora en la toma de decisiones. No se trata, entonces, de una tecnología ornamental ni de un lenguaje de moda. Se trata de una metodología que puede fortalecer competencias vinculadas con la anticipación de interferencias, el análisis de alternativas, la coordinación interdisciplinaria y la lectura integral del ciclo de vida de la infraestructura.


Ese hallazgo merece una lectura más ambiciosa. En proyectos viales, decidir mal tiene consecuencias costosas. Una definición insuficiente del trazado, una coordinación deficiente entre disciplinas o una comprensión fragmentada del proyecto no solo derivan en sobrecostos y retrasos. También comprometen la seguridad, la mantenibilidad y la capacidad de responder a necesidades reales del territorio. Desde esa perspectiva, la formación de diseñadores con capacidad para trabajar mediante modelos integrados, simulaciones y criterios colaborativos adquiere una relevancia directa en la prevención de errores que luego repercuten en la obra, en la operación y en el entorno social al que esa infraestructura sirve.


El mismo estudio muestra que la adopción de BIM en la formación vial enfrenta obstáculos significativos. Los estudiantes identifican como desafíos centrales el acceso limitado a equipamiento computacional adecuado, la escasa integración de BIM en los planes de estudio y la curva de aprendizaje prolongada que exige esta metodología. A ello se suman barreras más profundas, como los altos costos iniciales, la insuficiente formación especializada y la ausencia de una cultura organizacional que favorezca la innovación y la colaboración. Cuando una metodología introduce nuevas formas de representación, coordinación y gestión de información, también invita a revisar decisiones curriculares, capacidades docentes y prioridades institucionales. Si las universidades buscan preparar profesionales en condiciones de responder a la complejidad actual de la infraestructura, conviene que ese compromiso con la transformación digital se traduzca progresivamente en ajustes académicos, organizacionales y pedagógicos coherentes con ese propósito.


Aquí aparece una cuestión especialmente relevante para Chile y para la región. La modernización de la infraestructura no puede sostenerse exclusivamente sobre importación tecnológica ni sobre adaptación tardía a exigencias externas del mercado. Requiere capacidad de producir conocimiento situado, de comprender las particularidades de los proyectos lineales, de evaluar cómo se enseña y de identificar qué factores facilitan o bloquean la incorporación efectiva de nuevas metodologías en contextos formativos reales. En ello reside una contribución universitaria de alto valor público, porque permite generar evidencia útil para orientar decisiones que inciden en la formación profesional y, a mediano plazo, en la calidad de la infraestructura que llegará a ejecutarse.


Desde esa convicción, el aporte de la PUCV trasciende el espacio de la investigación especializada. Al estudiar con rigor cómo se forman los diseñadores de proyectos viales y qué condiciones favorecen una adopción más efectiva de metodologías digitales como BIM, la Universidad aporta a una discusión que repercute en seguridad vial, eficiencia en el uso de recursos, calidad del diseño y capacidad institucional para responder a desafíos territoriales complejos. Dicho de otro modo, fortalecer la formación de quienes proyectan infraestructura también es una manera de contribuir al bienestar colectivo.


La discusión, por supuesto, no termina en la sala de clases. Las empresas, las instituciones públicas y los entornos regulatorios también deben asumir responsabilidades. La formación universitaria puede abrir capacidades, pero su consolidación depende de ecosistemas que valoren la coordinación interdisciplinaria, la trazabilidad de la información, el trabajo colaborativo y la toma de decisiones basada en evidencia. Cuando ese entorno no existe, incluso las mejores iniciativas académicas quedan confinadas a experiencias aisladas. Por eso, uno de los mensajes centrales de esta investigación es que la adopción de BIM en proyectos viales debe entenderse como un proceso compartido entre universidad, industria y entorno institucional.


Conviene insistir en una idea final. La pregunta decisiva no es si las escuelas de ingeniería deben enseñar más software. La pregunta decisiva es si están formando profesionales capaces de comprender la complejidad de la infraestructura que la sociedad necesita. En esa respuesta se juega mucho más que una actualización metodológica. Se juega la posibilidad de diseñar obras mejor coordinadas, más seguras, más sostenibles y más pertinentes para los territorios. La transformación digital de la infraestructura vial no comienza en la pantalla. Comienza en la calidad de las preguntas que una universidad se atreve a formular sobre la formación de sus futuros profesionales. Y allí, precisamente, la investigación que impulsa la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso busca aportar con evidencia, reflexión crítica y compromiso con un problema cuya relevancia excede con mucho el ámbito académico.